jueves, febrero 06, 2014

= El miedo a las palabras=

El soundtrack de tu vida es: James - Say Something


"No me hables de esa".



Platicar es un hábito que todos ejercemos, del que poco hacemos introspección -más mucha crítica ajena- y que, conforme pasan los años, nos acerca o aleja del conocimiento, nos abre y nos cierra puertas, nos entretiene y nos horroriza. Pero sobre todo, nos permite entrar en contacto íntimo e inmediato con nuestros semejantes desde el principio de nuestras vidas y por lo que nos resta de existencia.



La forma oral es la primera vía de comunicación que aprendemos; no es de extrañarse que, en buena medida, el bagaje cultural que adquirimos a través de las palabras habladas, sea cierto sea falso, sea asumido empíricamente o posteriormente comprobado y documentado, suele generar una importancia mayor que la palabra escrita, que generalmente es mucho más rica en contenido y que abunda en formas como el contexto y el sentido.



La historia, la fe y la naturaleza de las cosas originalmente se aprendían de boca en boca: la tradición oral fue la fuente del conocimiento antes de la invención de la escritura, y prosiguió por miles de años como medio de aprendizaje para el que no tenía acceso a la palabra escrita.

 Una parte fundamental de los mecanismos de interacción social se logran a través de la plática: intercambiamos información, ideas, sentimientos; las palabras pueden sumar, excluir, redimir o condenar. Un sentimiento escrito hace suspirar, pero cuando se trasmite a través de las palabras desata pasiones o destruye como el daño físico no puede.


Cuántas cosas nuevas encontramos por recomendación de otros,  cuántas evitamos, cuántos lugares hemos visitado, sabores que hemos probado, remedios deificado, lecturas, música y vídeos hemos hallado y experimentado por la recomendación de boca en boca.



Dice mucho de nosotros los temas y las formas que usamos: los usos y costumbres intervienen en la manera en como platicamos, pues la mayor parte de los juicios que emitimos sobre una persona tienen todo que ver con lo que sale de su boca.



También somos con quiénes platicamos, aunque dicha importancia normalmente suela ser algo valorado desde fuera, por propios y extraños.



Escribir y leer es luego, un juego de destrezas con una complejidad mayor, pues los placeres que prodiga sólo se hacen evidentes una vez que se adquiere como hábito. Quien no posee dicho hábito, suele padecerlo como penitencia,  y se vuelve afecto a mal interpretar lo que la palabra escrita contiene.



En cambio, la palabra hablada siempre es fácil y seductora, de principio a fin.




-1-



Las pláticas con mi papá siempre fueron del tipo aleccionador: el tono conducente sobre mi vida y mis acciones eran el tema y la tónica.



Conforme pasaron los años, entendí que había aspectos de mí que mi papá nomás no entendía, y esto generó un desencuentro con el paso de los años. A pesar de todo, la opinión de mi papá siempre pesó, me gustara o no, en muchas de mis decisiones.



Eventualmente ambos desechamos las expectativas que teníamos uno del otro, y poco a poco aprendimos a platicar con cierta soltura.



Recuerdo haber platicado mucho con él durante las elecciones de 2006, y lo que más me sorprendió fue el respeto a mis posturas, que eran totalmente contrarias a las suyas.



La palabra escrita era un punto de encuentro más natural, menos ríspido entre él y yo: la modesta biblioteca que formó en casa me abrió las puertas a la lectura. Recuerdo pasar horas tirado sobre el piso hojeando la colección llamada el Tesoro de la Juventud.



La libertad que me otorgó en los libros era extraña, si la comparaba con la otorgaba como hijo, o como excipiente informático que no podía dejar de desarmar juguetes y electrodomésticos.



Analizando a mi papá como lector, me atrevo a elaborar que su motor para la lectura era el morbo, las palabras preconcebidas y las lecturas un marco referencial simple y perfectamente delimitado eran su campo. Hubo muchos libros en su biblioteca que permanecieron nuevos, con el celofán puesto, y que mis amigos y yo llegamos a retirar para leer. Otros, eran meras referencias.



En la palabra hablada, era otro tema: hábil para el discurso solemnista y grandilocuente, la palabra pseudo protocolaria y las formas oficiales de oficio gubernamental, pasaba horas declamando en secreto los discursos que escribía para él y para otros.



Propios y extraños nos admirábamos de la labia que poseía.



A pesar de todo, tenía sus limitaciones: era un mentiroso compulsivo, y su pecado era ahondar en esquemas demasiado complicados.



Eso, y su paranoia, finalmente fueron su perdición.



En el caso de su seguro servidor, siempre he sido Homo Videns por naturaleza: la imagen me resulta mucho más atractiva que la palabra, y en los primeros años la palabra escrita era algo que requería repetición, o un poderoso interés circunstancial.



Después, en los libros de mi casa encontré un espacio para pasar las largas horas de seclusión que se me impuso durante los primeros años en la Obrero Popular.



Pero el peculiar modus vivendi de mi familia es tema de otro post.



 No es de extrañarse que, en esta supuesta dicotomía entre imagen y letra me haya entregado en la ingesta compulsiva de la palabra escrita en su forma más burda y maravillosa: el cómic.

A pesar de ser un "consumidor de cuentitos", he encontrado nichos y lugares de encuentro en la palabra escrita, que de una u otra manera me ha llevado, siempre experimentando, al blog y a la escritura.
Desde pequeño  fui propenso a la barbaridad hablada: tengo pocos filtros para decir lo que pienso, y me confiesa Lucyfer que había gente que me traía miedo, pues no medía mis palabras e inocentemente exponía a los adultos mentirosos que mi familia frecuentaba.


Lucyfer también me cuenta que, de pequeño me robé el lugar de un niño en un evento escolar y dije tal cantidad de tonterías, que la amable audiencia no paró de reír mientras estuve en la tarima, y que la escuela nunca me permitió jamás hablar en público mientras fui alumno.



De alguna manera mi papá me inculcó el pudor al hablar en público, y mi conducta cambió diametralmente.



De adolescente, el ejercicio de la palabra hablada se volvió algo ominoso para mí: en grupo siempre encontré la manera de entonar, pero en la soledad del podio y al dirigirme a los demás con las palabras siempre me llegué a sentir como sí cumpliera una penitencia, un atropello a mi estilo de vida, una tortura.



Cuando mi papá quiso después inculcarme algo de su pasión discursiva, debe haberse arrepentido de mi nuevo pánico escénico.



De adulto he encontrado la manera de sopesar las antípodas históricas de mi vida hablada, y funciono medianamente en público, aunque lo mío, declamando, es el estilo "la palabra canta".





-2-



En general, tenemos miedo a las palabras. No a las propias, ciertamente tampoco a las que se acercan a los paradigmas socio-culturales que traemos a cuestas, o aquellas que apelan a nuestros marcos referenciales.



Por naturaleza tememos a lo desconocido, y en el campo de las palabras, odiamos lo que atenta contra nuestras creencias y posturas.



Desconocer el significado de las palabras difícilmente nos limita al hablar o al escribir, pero pensar en la ausencia de palabras en el ansiado momento de abrir la boca, tomar la pluma o el teclado, nos paraliza y nos quita el sueño.



Hacer uso correcto de las palabras suele ser algo más que un problema académico o de formación: las palabras y el idioma no son una constante: el lenguaje que usamos es imperfecto, mutante; así como adoptamos palabras de otros idiomas, el significado y la conjugación pueden alterarse por el uso y la costumbre de los que lo hablan.



Algunos viven atemorizados por el derrumbe de la cultura cuando alguien comete un error ortográfico, pronuncia mal las palabras, y hacen de la errata el pecado capital de moda; nunca falta  quien ejerza el papel de inquisidor gramatical preocupado por las comas, inclementes con el estilo, infartados con el "ola ke ase".



Tuve el placer de conocer a un corrector de estilo llamado Emmanuel Noyola, el cual convertía la labor de corrección en un arte; genuino estudioso de la lengua española, hacía de su trabajo una experiencia académica; él es docto conocedor de pasajes sobre la evolución de las palabras, su semántica y el porqué del uso y deshuso de las palabras, breve y sucintamente explicaba el estilo de las palabras a quién se acercaba a preguntar.



Para él, la clave de la corrección era facilitar la comprensión de la lectura de un texto, y prodigaba su nobleza inherente a su labor profesional.



El amor a las palabras es su estilo de vida.



Pero estamos hablando del miedo.

El miedo lleva a la negación, nos hace brutos, ciegos y sordomudos frente al prospecto de las soluciones, y nos mantiene cautivos con una secuencia de obstáculos y barreras, las cuales tomamos y amasamos para darle uniformidad, y luego pretendemos hacerlas pasar por idiosincracia, por valores nacionales, por tradición socio-cultural, y hasta por jurisprudencia.



Es cuando confesamos, que nos llega un breve alivio, el cual tratamos de convertir en excusa y finiquito: "Es que no tengo palabras".




El medio que la palabra hablada o escrita que nos gusta, pero nos asusta, es cuando hemos de verter una opinión.



Esta sociedad es ávida para opinar, pero no necesariamente aportando o analizando, sino desde recursos cómodos (más bien muletillas) que nos evitan la confrontación y nos resuelve la fatiga de elaborar.



Por un lado es común el rodeo: esa circunvención muy socorrida que requiere esperar a la primera opinión medianamente informada, para hablar coincidiendo y girar alrededor de la idea citada, adornándola con generalidades y cantinfleos.



Por el otro, el favorito de los egos: la opinión radical. La figura de autoridad (normalmente "el gobierno" o "el sistema") tiene la culpa de todo, y si no le mientas la madre a la autoridad, eres igual o peor de corrupto/inepto.



Estas visiones de la opinión pública mantienen la imagen de una sociedad informada y participativa, una mera simulación en el intercambio de opiniones, donde nace el último de los recursos: la descalificación. "No es que no tenga un argumento, es que tú eres el problema". Este acto de negación es el favorito de los políticos, de los radicales cachados en la movida y de uno que otro necio casual.



Se vive con el miedo secreto de que algún día alguien destape el montaje, la apariencia quede dañada más allá de cualquier simulación,  y todos nos veamos en la incómoda situación de ponernos a lidiar con la palabra discapacitada que hemos formado con los años.




El idioma es probablemente la única barrera natural creíble, pues representa un nuevo universo de palabras y cuyo dominio o desconocimiento suele segmentarnos laboral y socialmente (porque a la sociedad mexicana le encanta diferenciar).



Aprender a platicar en otro idioma es un nuevo mundo, en el cual podremos exhibir nuestros recursos o nuestras carencias en el uso de la palabra.



Conquistar un idioma es conquistarse a si mismo. O algo por el estilo.






-3-

Del miedo al uso de las palabras, pasamos al abuso. El temor se convierte en odio, y el odio genera violencia, dicen que dicen los Jedis.


La sociedad mexicana tiene íntimamente vinculada la respuesta intestinal con la confrontación de palabras, donde la regla es irse de cabeza -y de boca- y el diálogo como excepción.



El abuso suele comenzar por la opinión, normalmente cuando no es solicitada, comúnmente cuando no está sustentada, frecuentemente cuando se opina por convivir.



La opinión pública vive un idilio con la apariencia: nunca vemos más allá de la cúpula del "qué dirán", y concedemos la razón al que muestra más seguridad y ostenta el carácter fuerte; rara vez pasamos po algún filtro de comprobación lo que así nos llega, y la sospecha se convierte en intriga.



Por un lado, los mexicanos somos virtualmente incapaces de guardar la calma, una vez que se nos colma el plato, o cuando el morbo centellea ante la oportunidad de la opinión polémica.


Y el futuro está en Twitter, donde todos tenemos algo que opinar.


La capacidad para argumentar y tener la razón no son moneda de cambio en las redes sociales: siempre son las opiniones menos sustanciales las que se disparan al estrellato de las nubes en 140 caracteres.



Finalmente terminamos en la violencia verbal. Las palabras altisonantes o groserías son el recóndito abuso de la palabra escrita y hablada. En algunos casos, son los pobres recursos de quien no sabe defenderse con palabras, y se convierte en la antesala de los golpes, las patadas, las bravatas y otras majaderías que salen al calor de la frustración ventilada.



La mala educación comienza con la exposición a temprana edad de estos recursos: un infante al que se le cría con groserías, no puede tener otro modo de respuesta cuando se convierte en adulto. La gente lépera comienza desde pequeña, y sin proponérselo, se hacina y se predispone hacia inframundos de los cuales siempre habrá oportunidad de lamentarse.

Por otro lado, la agresividad y el odio que puede trasmitir la palabra escrita y hablada no tiene límites: las peores cosas por escuchar no necesariamente vienen con groserías.

Cuando sale lo peor de la humanidad por la boca, o cuando a la aberración se le ponen palabras escritas, es momento de poner un punto final, y pasar la página, pues en este estrato las palabras se vuelven infecciosas: contaminan y envilecen como las acciones no pueden.



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Vivimos y morimos por una frase, y la única oportunidad de vencer el miedo a las palabras, es acaparándolas y trasmitiendo lo mejor de nuestros hallazgos, esperando nos correspondan con la misma moneda.



Aserrín, aserrán...

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 Atte. 

 El Hijo de Nadie

martes, enero 28, 2014

= Raíces negras =


El soundtrack de tu vida fue: Mark Ronson - Stop Me




Vivimos huyendo de los horrores de nosotros mismos: unos, a espensas de lo que nos vamos arrancando como costras. Otros, sacrificando al prójimo como monstruos. Fallamos en exorcizar a la bestia y queremos encontrar el paraíso  a punta de madrazos.


Hace algunos ayeres espeté -casualmente- la tesis de que la nuestra, la mexicana, es una "idiosincracia prostituta": credos, modos de pensar y pronunciamientos se configuran según el interés en turno. Creía firmemente que el problema de la sociedad mexicana era el conformismo, que la moral era un concepto anquilosado y nuestra incapacidad para hablar las cosas con claridad nos condenaba a un ostracismo político, que era necesario confrontar para cambiar. 

Era joven, y encontraba la necesidad imperante de que, ante la sociedad -que me aceptaba como nuevo adulto- tomara un bando, me definiera por una postura, y me abocara a defenderla.

Estaba chavo, y se me hizo fácil.


Esta animosidad no le era indiferente a mi generación: estábamos en los últimos días del gobierno de la Revolución Institucional, y queríamos el cambio. Nunca dimensionamos exactamente a qué, y nos dejamos llevar por el instinto, sin pensar en la introspección.


Más tarde, al tomar las rebabas de lo originalmente espetado, y comparándolo con la nueva idiosincrasia post PRI, comencé a esbozar otra teoría: la de "el pequeño priista que vive en todos nosotros".

Confieso que esta me llegó cuando, ya entrados en los gobiernos de la alternancia, el cambio no era como lo habíamos pintado. Llegamos a entendernos un poco demasiado tarde. 

Me explico.



-1-


Entre clamores, esta sociedad finalmente votó libremente y en el 2000 terminó 70 años de gobierno ininterrumpido del Partido de la Revolución Institucional. Inauguramos la alternancia y comenzamos a soñar con un futuro mejor.

Los medios informativos, ahora libres de los compromisos creados, y en un genuino ejercicio de transparencia y autocrítica, edificaron un espejo impecable para reflejar nuestra realidad, y no nos gustó nada lo que vimos.

Los males del antiguo régimen perduraban, y los veíamos en alta Definición, con sus verrugas y sus ronchas. Y la parte que menos gustaba, era que el reflejo que veíamos era el nuestro, no el de "la dictadura perfecta". 

El deseo de cambio nos había nublado la vista a otros modos. Inmediatamente  renegamos de las responsabilidades de la sociedad democrática: queríamos los beneficios, ninguna responsabilidad, y decidimos interpretar en lugar de indagar, inventar en lugar de fundamentar. 

Y hablamos por hablar, ensordecidos por el ruido de nuestras fauces, y nos llevamos esta cacofonía a todos los medios que cundimos. 

La redes sociales mexicanas fueron el punto de difusión de este nuevo formato de participación: quejarse e indignarse.

En vez de intercambio de ideas, turnábamos "goyas"; en vez de diálogo, sacábamos los timbales para entonar mentadas. En vez de argumentos, concursábamos a ver quién gritaba más duro "muevelapom-pom-pá".

Inconscientemente, mi pujante generación convirtió la excipiente democracia mexicana del siglo XXI en un simulacro de partido pambolero de quinta categoría.


Durante el gobierno de la alternancia, convertimos a la Revolución Institucional en mito creacionista: lo volvimos el diablo político que todos citan, en el que nadie cree y del que todos hacen mofa. Arquetipo secreto de nuestro carnavalito, entre piquetes de ombligo nos vestimos de ovejas, sacamos el cobre y todos felices y contentos lo volvimos el coco: un cuento para contarles a los niños.

Enseñamos a una nueva generación que el diablo es un lobo inerme, y los más jóvenes gritaron 3 veces "el lobo", el cual nunca vino.


Tarde caeríamos en la cuenta: el lobo nunca dejó de estar entre nosotros.



-2-



Para mediados del 2006, entre sombrerazos y empujones tuvimos unas elecciones arrebatadas, anticlimáticas y altamente sospechosas. 

Más de la mitad del censo mexicano se abstuvo del voto, asqueado de la rebatinga presidencial, mientras los clamores y vilipendios de los que sí votaron, completamente polarizados, trataban de llevar la espuma de su rabia hasta las últimas consecuencias.

Quedó claro que aún no estábamos listos para la pluralidad.

Entre gritos de "espurios" y "legítimos", los "chairos" y "pirruris" trabados de los cuernos cimarrones, un agachado presidencial cometió, en busca de legitimidad, el error más grave desde el diciembre de 1993: le declaró la guerra a al narcotráfico por convivir, y desató el conflicto escalado que aún nos cunde.

Seis años después regresa al poder un PRI intacto, con un candidato artificial, profundamente ignorante e incapaz de sostener el tele glamour que compró a expensas del erario estatal de su anterior gestión, y nos preguntamos cómo pudo ocurrir.

El lobo entró a nuestra pretensa modernidad por la puerta de nuestra idiosincracia: la cultura socio política mexicana sigue girando, nos guste o no, dentro de los preceptos que la Revolución Institucional construyó durante 70 años, y cuyos basamentos nos negamos a enterrar: reciclamos la dictadura perfecta, la pintamos de blanquiazul y de amarillo sol, sellamos las cloacas del sistema con pintura de aceite y pusimos mantelería sobre la mesa de los marranos, y agarramos la cuchara grande. 

Lo único que hizo la Revolución Institucional a su regreso, fue cortar el borde de la pintura en la cloaca para echar nuestros cadáveres de la alternancia, y puso su propia cuchara sobre nuestro simulacro de cambio, se ha servido 12 cucharadas soperas, y ha comenzado a raspar los pocos avances que hemos conseguido.


Traemos a cuesta un legado que permea todos los aspectos de nuestra sociedad: avanzamos transando, resolvemos nuestras omisiones y faltas con la ley con una mordida; y en vez de solucionar los problemas, los abordamos y damos la apariencia de estar analizando la problemática.

La noción de libertad de esta sociedad es la ausencia de responsabilidades: queremos los beneficios, sin pagar el precio. La civilidad es una etiqueta que nos ponemos en la solapa mientras aventamos el carro, tiramos basura, nos peleamos a la menor provocación y "echamos habladas". Esto no ha cambiado en 12 años, sino que se ha acentuado.

En el campo de la ideologías, estamos muy cómodos descalificando: prácticamente nunca hemos aprendido a debatir, a discutir desde una postura de respeto a la forma de pensar del prójimo. Confundimos la acusación con el argumento, las ocurrencias con pruebas, con la , y el consenso es que alguien ha "ganado el debate" cuando el otro calla, o cuando el que grita mas fuerte es el último en abrir la boca.

Creemos que nuestras buenas intenciones justifican nuestros palabras léperas y nuestras acciones aberrantes, y no caemos en la cuenta que sólo nos disparamos en el pie.

 La dinámica clientelar se encuentra profundamente enraizada en nuestra cultura: la torta y el refresco fueron sustituidos por la tarjeta y la canasta básica.

La tele cultura ha educado generaciones enteras de este país, lo ha acostumbrado al estímulo sensacionalista.

Difiero con las voces que dicen que el remedio es apagar ver televisión; por el contrario,   opino que hay que ver mucha televisión, otra televisión, televisión de todo tipo, porque sólo así aprendemos a distinguir el glamour del hecho, la producción de la imagen en vivo.



  El presidenciable joven, casado con la primera actriz, montados en una costosa tramoya disfrazada de noticia es algo que se aprende a distinguir (y a criticar) sólo cuando vemos suficiente televisión.

Es como las caricaturas que uno ve de niño: cuando se vuelve a verlas de adulto, con un bagaje más rico de animaciones recursos argumentales, se pueden identicar sus defectos y limitaciones, y entenderlas desde otra perspectiva.



El nuestro es un pecado (colectivo) de omisión, de falta de autocrítica, de incapacidad para asumir responsabilidad y nos hemos estancado en la pasividad agresiva, atorados en un círculo vicioso donde reclamamos, pero no hacemos.

Y ni siquiera nos pasa por la cabeza este detalle: desencantados con la transparencia y la libertad de expresión, damos la espalda y negamos la cruz de nuestra parroquia, porque en el fondo pensamos que, si admitimos estos defectos, perdemos el derecho para exigir.

Y pues no.



-3-


Estamos a unos cuantos días del Congreso Popular, recién convocado.

Entre los tuits y comentarios público de los notables que veo promoviendo este evento, lamentablemente veo rasgos de lo anteriormente expuesto, en lo que a ideologías encontradas concierne.

Esto no es una acusación ni una denostación: es un hecho que traemos a cuesta los estragos del cisma político que hemos creado -todos-, y que no podemos convocar a la pluralidad desde la descalificación: en algún punto tenemos que aprender a debatir y que debemos caer en la cuenta de que se puede disentir sin menospreciar, vale la pena tomar esto en cuenta antes de sacar los puñales durante las discusiones con los que piensan diferente de nosotros.

Es esencial que la ciudadanía se involucre completamente en la toma de decisiones de gobierno, pero si vamos a realizar un esfuerzo de este tipo hay que hacerlo desde la óptica de que todos somos mexicanos y que nuestras nociones de ideales no estropeen este esfuerzo: entre dimes y diretes no estamos ostentando ni defendiendo ideología alguna, mucho menos construyendo un consenso.

Confío en que estos notables sabrán encontrar utilidad en lo que digo.


Para sociedad que participará, los invito a reflexionar sobre lo siguiente:

Tenemos que, en el camino, dar los primeros pasos para exorcizar al "pequeño priista que vive en todos nosotros": no podemos seguir jugando a los buenos y los malos, la izquierda contra la derecha, los vendidos contra los puros. 

Todos somos humanos y todos tenemos defectos, no podemos convocar a una autoridad moral de la que ninguno gozamos plenamente, si nos juzgáramos con los argumentos con los que calificamos a los que llamamos "adversarios".

Todos los que hemos vivido en este país los últimos 6 años tenemos una opinión válida al respecto, tenemos derecho a expresarla y a contrastarla con otras voces, por ello tenemos que evitar tomar posturas racistas cuando convocamos a este esfuerzo: con nuestro racismo local histórico tenemos suficiente por resolver. 

Tanto derecho tiene el extranjero radicado en este país de opinar, como el nacido mexicano dentro de un grupo racial y religioso, porque ambos han tomado la misma nacionalidad, porque ambos se asumen como mexicanos, y porque no existe argumento sobre "pureza mexicana" que le de cabida a ambos, si escogemos discriminar con estos criterios.

No existe un antecedente en este país donde un cambio a la fuerza imponga un gobierno justo y plural: la Revolución Institucional nació del último intento. Si es mas importante la resistencia que las propuestas, no somos mejores que el gobierno indolente que queremos reformar. 

Mucho cuidado debemos tener si este congreso desea contemplar el camino de la fuerza: demasiada violencia hemos tenido en el siglo XX como para empatar la cuota en el XXI, que ya tiene un saldo por la "guerra contra el crimen organizado".



Dicho esto, aporto mis contribuciones al Congreso Popular:

- Reforma para el voto de censura en elecciones locales, estatales y federales: si el votante llega a la conclusión  de que ninguna de las opciones le representa, que tenga derecho a manifestarlo con un voto de censura, tanto a las propuestas como al proceso electoral. Si el voto de censura es la elección de más del 30% del electorado, que se plantee una segunda vuelta; si el voto de censura es de más del 50% del electorado, que se invalide el proceso electoral en curso y se convoquen a nuevas elecciones.

- Auditoría a Gastos de Campaña: Que los candidatos a una elección en cualquier nivel de gobierno, sometan sus gastos de campaña a una auditoría para que justifiquen sus gastos, los cuales deben de cuadrar con el financiamiento que, conforme a la ley vigente se les otorga.

- Procedimientos de acciones punitivas contra malos servidores públicos.- Que los servidores públicos que sean separados de su cargo por acusaciones de corrupción, negligencia o irregularidades con consecuencias perjudiciales a terceros, se sometan a una investigación formal por un órgano no gubernamental y que, de resultar responsables de algún delito, se inicie un proceso formal ante las autoridades competentes y conforme a la ley contra quien o quienes resulten responsables.



Estas ideas las he venido exponiendo desde hace años, y se han enriqueciendo con las opiniones de la gente que me ha interpelado. Espero tener la oportunidad de discutirlas en dicho evento y humildemente las someto a consideración pública.


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Tengo la esperanza de que llegue el día en que arranquemos las raíces negras de nuestro pasado cautivo, porque no hay pecado más grande que negarnos a cambiar, porque nos merecemos un país mejor.


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Atte.



El Hijo de Nadie





viernes, enero 24, 2014

=Cápsula del tiempo II: Falsa semblanza de Alma Muriel =


El soundtrack de tu vida fue: Lucía Mendez - Un alma en pena



Pasé años sin pensar en Alma Muriel, antes de encontrarme con este anuncio en una revista amarillenta en la tercera de forros:





Durante muchos años esta actriz interpretó el papel de Juana I de Castilla, o Juana la Loca, en la puesta en escena Falsa crónica de Juana la Loca de Miguel Sabido, que promociona este anuncio que data de mediados de los ochenta.

En la época recuerdo haber visto y escuchado de manera insistente en todos los medios locales la presentación de esta obra, de la cual me arrepiento de nunca haber ido a verla.







Alma Muriel nació en la Ciudad de México, 20 de octubre de 1951. Su carrera comenzó  durante los sesenta como modelo con 16 años cumplidos, y para finales de esta década debutó en el cine con la película Lío de faldas (1969).


Ella pertenece a la generación de actrices y actores de mediados de los setenta y principios de los ochenta, de donde surgieron muchos notables como Ana Martin, Gonzalo Vega, José Alonso, Héctor Suárez padre (que tiene un repertorio notable en esta época), Isela Vega, un ya adulto Roberto Cobo -que en estos años protagonizaría una de las mejores películas de Arturo Ripstein: El rincón sin límites (1978)-, entre muchos otros.

Este momento mágico de la actuación en México se distingue por la aparición de películas y puestas en escena de obras que retrataron algunos de los temas tabúes de la sociedad mexicana, que pusieron en escena al barrio bravo y las zonas marginales, que colocaron en los protagónicos a una clase trabajadora sin maquillaje ni falsos romanticismos,  y que retrataron con fidelidad la modernidad y la decadencia.

Muchas de estas joyas vinieron a resquebrajar las nociones del México tradicionalista y conservador, y que pusieron en la mente de una generación ideas como la equidad de género, que lamentablemente tardaron casi 15 años en cuajar en la sociedad.

No sólo es notable su participación en cine y teatro, también incursionó con mucho éxito como villana de telenovelas, de las cuales la única que me interesa mencionar es esa joya kitsch llamada El extraño retorno de Diana Salazar, una de las llamadas "superproducciones" de Televisa que vale la pena recordar, primero por combinar un indirecto beneficio didáctico, al permitir dilucidar la época del Virreinato y los años de la Santa Inquisición en la Nueva España al público televidente, y segundo porque la trama no tiene desperdicio: 

Leonor de Santiago (Lucía Méndez) es la hija de un comerciante influyente en la Zacatecas villreinal de 1627, que manifiesta habilidades sobrenaturales. Su rival en amores, Lucrecia Treviño (Alma Muriel) la delata como bruja con la Santa Inquisición, y la queman viva en una plaza; por azares del destino, también se truenan al interés romántico de las dos por herejía. Desolada, Lucrecia se suicida colgándose del cogote. En la "época moderna", Diana Salazar recuerda entre sueños su vida pasada, reencontrándose con su amor y su enemiga, también reencarnados y mejor peinados. Con los sueños se vuelven a manifestar sus habilidades, ahora identificadas como telequinesia.

Ciencia ficción, romance, brujería, pasajes históricos: todo tenía la mentada telenovela.


A continuación enumero una breve filmografía para el lector nuevito/millenial que ni sabe de lo que estoy hablando:


Luna de sangre (1982), Retrato de una mujer casada (1982), D.F./Distrito Federal (1981), Que viva Tepito! (1980), Amor libre (1978), Cuando tejen las arañas (1977), Lo mejor de Teresa (1976), Mecánica nacional (1970), Las chicas malas del padre Méndez (1971), Papá en onda (1970), ¿Porqué nací mujer? (1970)


Aquí les dejo una de las películas que más me gusta de ella: Retrato de una mujer casada, de Alberto Bojórquez (1982)






Empezamos este año más pobres, no por las reformas encajosas del gobierno retro que nos cunde, sino por el fallecimiento de Alma Muriel el 5 de enero.




Nadie hablará de su voz aterciopelada y ligeramente grave cuando hayamos muerto.


O quién sabe: por si acaso, hay que digitalizar su filmografía y aventarla al espacio.





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 Atte.

 El Hijo de Nadie